La historia de Avidesa es también la de una fábrica que cambió el futuro de cientos de familias y que hoy sigue liderando la producción de helados para toda Europa
La antigua fábrica de Avidesa en Alzira no es solo el mayor motor de producción heladera de España en la actualidad bajo el control de la multinacional Ferrero. Detrás de los modernos muros automatizados que hoy exportan millones de helados de alta gama a toda Europa, se esconde la historia de un milagro empresarial, anécdotas populares grabadas en la memoria de la Ribera Alta y un legado de arraigo local que transformó el municipio valenciano para siempre.
Anuncio helados Avidesa (1989)
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— 📺Retro Zapping📺 (@retro_zapping) July 6, 2022
El secreto de las aves
El origen de este imperio industrial es completamente desconocido para las nuevas generaciones que consumen sus productos en las redes sociales. Aunque todo el mundo asocia la marca de Luis Suñer al icónico helado Apolo, el pilar fundamental que levantó todo el conglomerado económico no pertenecía originalmente al sector lácteo, sino al sector avícola.

La clave del éxito inicial residía en la producción y venta masiva de pollos a nivel nacional, un negocio tan rentable que bautizó de forma definitiva a la compañía. El nombre de Avidesa es, en realidad, el acrónimo de Avícolas y Derivados S.A., una identidad que quedó inmortalizada para la historia del diseño gráfico español en su mítico logotipo comercial, donde aparecían representados tres pequeños pollitos amarillos.

Aquella gigantesca infraestructura avícola sirvió como el trampolín perfecto para dar el salto tecnológico hacia la fabricación de helados a mediados de los años sesenta aprovechando las redes de frío industrial. La reconversión convirtió a las instalaciones de Alzira en una absoluta pionera de la alimentación en España, marcando el inicio de una era dorada donde el municipio se posicionó en el mapa de la innovación de todo el país.

Un empresario para Alzira
Las crónicas locales y las guías turísticas que hoy recorren el patrimonio de la comarca coinciden de forma unánime al recordar la figura del fundador Luis Suñer. Más allá de su innegable visión para los negocios internacionales, los propios vecinos y antiguos trabajadores lo recuerdan como un empresario modélico que anteponía el bienestar y el desarrollo social de sus empleados al beneficio puramente económico.
Suñer transformó la realidad urbana y económica de Alzira mediante la construcción de infraestructuras comunitarias, instalaciones deportivas y planes de vivienda específicos que facilitaron el acceso a un hogar digno para cientos de familias trabajadoras de la planta. Su gestión empresarial destacó por una sensibilidad social inusual en la época, implementando mejoras laborales que generaron un profundo sentimiento de lealtad e identidad colectiva entre la población.
El impacto de su labor humanitaria y económica dejó una huella tan profunda que las familias de la zona siguen transmitiendo su historia de generación en generación con orgullo. Para los alzireños, la fábrica no era simplemente un lugar donde ir a fichar cada mañana para recibir un salario, sino el epicentro de un proyecto social común que dignificó las condiciones de vida de toda la comarca de la Ribera Alta.
La caseta de los descartes
Una de las costumbres más entrañables y recordadas por los habitantes de Alzira era el peregrinaje diario hacia la mítica caseta de control situada en la entrada principal del complejo industrial. Este pequeño punto de venta se convirtió en un imán para los niños y las familias de la época, que acudían con unas pocas monedas para conseguir auténticos tesoros dulces.

Por una cantidad de dinero insignificante, cualquier vecino podía llevarse a casa una bolsa enorme repleta de toda clase de helados de la compañía. El único requisito para que los productos terminaran en esa caseta de saldo era que presentaran pequeños defectos de fábrica exclusivamente localizados en el envoltorio, en el etiquetado exterior o en la colocación del clásico palo de madera.
El contenido interior del helado permanecía totalmente perfecto, sabroso y en plenas condiciones sanitarias para el consumo de los compradores locales. Esta práctica comercial no solo evitaba el desperdicio de toneladas de producto excelente, sino que democratizó el acceso al postre estrella del verano, permitiendo que todas las familias de Alzira disfrutaran de la producción de alta gama de la factoría.

El gordo de Navidad
La historia de la compañía está ligada de forma mágica a la fortuna y a uno de los episodios más célebres de la Lotería de Navidad en España. Durante la jornada del 22 de diciembre del año 1968, la alegría se desató de manera incontrolable en los pasillos de la fábrica al comprobar que el primer premio del sorteo nacional había caído íntegramente entre la plantilla.
Los trabajadores que formaron parte de la empresa durante esa etapa dorada recuerdan el acontecimiento como un punto de inflexión histórico que cambió la vida de cientos de hogares valencianos. El dinero del premio se repartió de forma masiva entre los operarios de las líneas de producción, las oficinas técnicas y el personal de distribución, inyectando una riqueza sin precedentes en la economía del municipio.
Muchos de los empleados que dedicaron décadas de su vida a la factoría recuerdan con enorme nostalgia las circunstancias posteriores de traslados y reestructuraciones comerciales que les obligaron a dejar sus puestos. Abandonar la gran familia de Avidesa se vivía con auténtica pena, ya que los lazos humanos creados entre las cadenas de montaje superaban por completo el ámbito estrictamente profesional.
El nuevo gigante italiano
En la actualidad, el espíritu de aquella infraestructura histórica sigue más vivo que nunca gracias a la millonaria reconversión ejecutada por el gigante multinacional italiano Ferrero. La corporación ha invertido la cifra de 140 millones de euros para transformar las antiguas líneas de producción de la Ribera Alta en su principal hub tecnológico y logístico europeo para la categoría de helados.
La planta, que operaba bajo las siglas de Ice Cream Factory Comaker (ICFC), ha decidido dar un giro estratégico radical al abandonar definitivamente la producción de marcas blancas para las grandes cadenas de supermercados. A partir de este momento, todo el potencial mecánico y humano de la fábrica de Alzira se concentrará de forma exclusiva en la elaboración de sus productos propios de máxima categoría internacional.

De las salas de automatización de Alzira salen cada día millones de unidades de marcas mundiales de la talla de Ferrero Rocher, Kinder Bueno y Raffaello con destino a quince países europeos. Como broche de oro a este viaje histórico, la dirección ha logrado recuperar los derechos legales de las marcas tradicionales ‘Avidesa’ y ‘Apolo’, uniendo el pasado nostálgico de los tres pollitos con el futuro tecnológico de la alimentación mundial.

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