Lo que hoy parecen ruinas agrícolas fueron en su día las piezas clave de una red de defensa tecnológica en pleno corazón de la Ribera
Caminar por los caminos rurales de Alzira permite descubrir pequeñas construcciones de hormigón que parecen fuera de lugar entre las hileras de cítricos. Se trata de las antiguas bases coheteras, unos depósitos que durante décadas formaron parte de una estrategia casi bélica para proteger las cosechas de la meteorología más adversa. Estas casetas, repartidas estratégicamente por todo el término municipal, esconden una historia de innovación agrícola y vigilancia constante que muchos vecinos jóvenes desconocen al pasar por su lado cada mañana.

Defensa de la cosecha
El origen de estas construcciones se remonta a la necesidad vital de los agricultores de la Ribera por salvar sus naranjas de las tormentas de verano. El granizo ha sido históricamente el mayor enemigo del campo valenciano, capaz de arruinar el trabajo de todo un año en apenas unos minutos de descarga intensa. Para combatir esta amenaza, se instaló una red de lanzamiento de cohetes cargados con yoduro de plata, una sustancia diseñada para deshacer el hielo en las nubes y convertir la piedra en lluvia antes de que tocara el suelo.
Este sistema requería una organización milimétrica y una red de bases físicas desde las que disparar hacia el corazón de la tormenta. Las casetas servían tanto de almacén para el material pirotécnico como de refugio para los operarios encargados de activar los lanzamientos cuando el cielo se ponía negro. Era una lucha técnica contra los elementos donde la rapidez de reacción resultaba fundamental para minimizar los daños en los cultivos más delicados de la zona.

La eficacia de este método siempre generó debates entre los expertos y los propios agricultores, pero la presencia de las bases en Alzira demuestra la apuesta decidida que se hizo en su día por la tecnología. Eran tiempos donde la climatología se intentaba controlar desde tierra con una mezcla de ciencia y desesperación por salvar el sustento de miles de familias. Hoy, esas estructuras permanecen como testigos mudos de una época donde cada nube sospechosa activaba una alerta general en todo el municipio.
Casetas entre los naranjos
La fisonomía de estas bases coheteras es muy característica y fácil de identificar si se presta atención durante un paseo por el campo. Suelen ser pequeñas edificaciones de planta cuadrada o circular, construidas con materiales resistentes para aguantar la intemperie y proteger el material inflamable de su interior. En Alzira, muchas de ellas se ubicaron en puntos con buena visibilidad o en mitad de grandes extensiones de cultivo para asegurar que el alcance de los cohetes cubriera la mayor superficie posible de producción citrícola.

El factor humano era la pieza clave de este engranaje de defensa contra el pedrisco en la comarca. Los coheteros eran vecinos del pueblo que conocían perfectamente el comportamiento del viento y las nubes sobre la montaña de la Murta o el valle de la Casella. Su labor exigía una disponibilidad total durante los meses de riesgo, permaneciendo atentos a cualquier cambio en la presión atmosférica para acudir rápidamente a su base asignada y preparar el disparo de las carcasas químicas.
Actualmente, el estado de estas construcciones en el término de Alzira es muy dispar según su ubicación y mantenimiento. Mientras que algunas han sido absorbidas por la vegetación o utilizadas para otros fines agrícolas menores, otras conservan todavía su estructura original intacta. Representan una arquitectura funcional que no buscaba la estética, sino la utilidad más directa en un entorno donde la economía local dependía exclusivamente de lo que dictara el cielo sobre los campos de la Ribera Alta.

Patrimonio en el olvido
Reivindicar estas bases coheteras como parte del patrimonio histórico de Alzira es una tarea pendiente para muchos colectivos locales. No se trata solo de casetas viejas de hormigón, sino de restos arqueológicos de la industrialización agrícola valenciana que explican cómo vivían y trabajaban nuestros antepasados más cercanos. Su conservación permitiría explicar a las nuevas generaciones el esfuerzo que suponía mantener la huerta activa frente a las inclemencias de un clima mediterráneo que siempre ha sido impredecible y violento.

El interés por estos elementos ha crecido en los últimos años gracias a rutas senderistas y proyectos de catalogación que buscan poner en valor la arquitectura del agua y el campo. Integrar estas bases en itinerarios culturales ayudaría a revitalizar caminos rurales que hoy solo transitan los tractores y los deportistas locales. Es una oportunidad para rescatar del olvido una historia de supervivencia y picardía valenciana que forma parte del ADN de la ciudad y de su paisaje más íntimo y productivo.
El silencio que hoy rodea a estas antiguas lanzaderas de cohetes contrasta con el estruendo que provocaban cuando las tormentas amenazaban la cosecha. Aunque la tecnología ha avanzado hacia sistemas de detección por satélite y mallas protectoras, las bases coheteras siguen ahí, recordándonos que la relación de Alzira con su tierra siempre ha sido una batalla de ingenio y coraje. Preservar estas pequeñas fortalezas contra el granizo es asegurar que la memoria de nuestros campos no se borre con la próxima lluvia intensa que caiga sobre la Ribera.
- Te recomendamos -






