Alzira se convierte en el feudo de los cincuenta mientras los carritos desaparecen
Si damos una vuelta por la Plaza del Reino o te acercas a cualquier cafetería de la Avenida al salir del trabajo, te darás cuenta de que Alzira no es una ciudad de extremos, sino un bloque compacto de asfalto y madurez. Los datos del INE de finales de 2025 y el avance de 2026 confirman lo que se respira en cada portal: somos una capital de comarca donde el silencio de los parques infantiles solo lo rompe el trasiego de una generación que no para de producir. Aquí no mandan los extremos, manda un centro demográfico que sostiene la persiana local mientras mira de reojo un relevo que no llega por ninguna parte.
La Generación X manda
Los números son un bofetón de realidad para los que todavía creen que Alzira es una ciudad de gente joven. Los nacidos entre 1965 y 1980, esa Generación X que ya peina canas o las esconde con arte, suponen el 26% de todo el padrón municipal. Es una cuarta parte de la ciudad que tiene la sartén por el mango, que decide qué se compra en los supermercados de la periferia y quién llena los bares del centro un jueves noche. Son el músculo que todavía mantiene el pulso de la Ribera Alta, pero también son un grupo que empieza a ver el horizonte de la jubilación como algo que ya no les queda tan lejos.
Esta concentración de vecinos entre los cuarenta y muchos y los sesenta años convierte a Alzira en una balsa de estabilidad aparente, pero con un fondo que debería preocupar a cualquiera que tenga un negocio abierto. Es la generación que compró el piso cuando la ciudad crecía hacia Tulell y la que hoy paga las letras y los impuestos sin rechistar. Pero este dominio absoluto del mapa vecinal también significa que la ciudad se ha diseñado a su medida, desde los horarios comerciales hasta el tipo de servicios que se ofrecen, dejando poco espacio para lo que no sea el consumo de “adulto trabajador con prisa”.
Cuando caminas por calles como Benito Pérez Galdós, ves a este ejército de residentes que van y vienen con la compra y el estrés del trabajo encima. Son el soporte vital de Alzira, los que realmente mantienen el engranaje funcionando mientras el resto de grupos de edad parecen meros comparsas. La estadística no engaña y dice que Alzira es una ciudad ‘achatada’ por el medio, un bloque sólido de gente que nació con el televisor en blanco y negro y que ahora tiene que digitalizar hasta para pedir cita en el médico, marcando un ritmo de vida que es puro pragmatismo de clase media.
Cunas vacías en Tulell
El problema de tener una pirámide de población tan estable y madura es que la base se está quedando en los huesos. Alzira tiene un crecimiento vegetativo negativo que ya no se puede camuflar con discursos amables. Nacen pocos niños, tan pocos que el relevo natural es una quimera que los datos del INE de 2026 dejan en evidencia. Es una realidad que se nota en los colegios que ya no necesitan ampliar líneas y en las tiendas de puericultura que han pasado a mejor vida para dejar paso a negocios que atienden las necesidades de quienes ya no cambian pañales.
Esta falta de nacimientos recientes crea una ciudad que, aunque esté llena de vida laboral, tiene un punto de nostalgia anticipada. Los barrios que antes hervían con el griterío de los chavales ahora son zonas de paso para gente que va a la oficina o a la fábrica. El impacto en la vida diaria es sutil pero constante: menos inversión en zonas de recreo juvenil y un entorno urbano que se vuelve más serio, más gris y mucho más enfocado en el coche que en el cochecito de bebé. Alzira crece hacia fuera en metros cuadrados, pero se encoge hacia dentro en vitalidad generacional.
Al final, lo que nos queda es una capital trabajadora que vive al día, sostenida por una Generación X que es el verdadero pulmón de la Ribera. Sin embargo, ese 26% de los vecinos que ahora mismo tira del carro se encontrará dentro de poco con que no hay una masa crítica de jóvenes para recoger el testigo. El futuro de Alzira se decide hoy en los despachos y en las fábricas por gente de cincuenta años, mientras las cunas vacías nos dicen que el modelo de ciudad que conocemos tiene una fecha de caducidad que la estadística ya ha empezado a descontar.