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Alzira, el lugar donde se ha apagado el último grito del 23-F

El último refugio de Tejero: el anonimato y la paz de Alzira en el ocaso del 23-F

El fallecimiento de Antonio Tejero Molina a los 93 años de edad ha convertido a Alzira, de forma inesperada, en el escenario del epílogo de uno de los capítulos más convulsos de la historia de España. El ex teniente coronel de la Guardia Civil expiró su último aliento el pasado miércoles 25 de febrero de 2026, a las 18:45 horas, en la tranquilidad de un domicilio particular de la ciudad. Lejos de los uniformes y del eco de aquel “¡Quieto todo el mundo!” que paralizó al país en 1981, su final ha estado marcado por una cotidianidad doméstica y un silencio que solo la discreción de una capital de comarca como la nuestra podía ofrecerle en sus años de mayor vulnerabilidad.

Una convivencia marcada por el silencio y el respeto vecinal

La estancia de Antonio Tejero en Alzira no fue fruto del azar, sino del amparo familiar y la búsqueda de tranquilidad. En los últimos tiempos, el exmilitar se había trasladado a vivir con su hija, Elvira Tejero, vecina de la localidad y figura clave en su cuidado diario. Esta elección permitió a Tejero vivir un retiro blindado por el anonimato, donde la vida de barrio y la rutina de una ciudad de servicios facilitaron que su presencia pasara prácticamente inadvertida para el gran público. Muchos alcireños, al conocer la noticia, se han sorprendido al descubrir que una de las figuras más polémicas del siglo XX compartía con ellos el mismo código postal sin que se percibiera alteración alguna en la convivencia.
La familia Tejero-Díez ha sabido integrarse en el tejido social de la Ribera con una sobriedad ejemplar durante años. Especialmente su hija Elvira, vinculada según el conocimiento popular de la zona al ámbito educativo local, ha mantenido siempre un perfil bajo, priorizando la privacidad de su progenitor por encima de cualquier otra consideración. Esta discreción ha sido respetada de forma natural por los vecinos quienes, aun siendo conocedores en algunos casos de la identidad de quien habitaba el piso de al lado, optaron por una convivencia sencilla, alejada de cualquier tipo de tensión política o social en las plazas y calles de la ciudad.
El deceso, causado por un fallo cardiorrespiratorio, se produjo de forma serena y rodeado de los suyos en la intimidad del hogar. La imagen de la familia atendiendo con entereza en el domicilio familiar ha sido el único contacto público en una estancia que ha durado meses y que ha estado dedicada íntegramente al cuidado de la salud del anciano. Alzira ha funcionado, en la práctica, como un puerto de calma para un hombre cuya vida pública estuvo marcada por la tormenta, encontrando en las riberas del Júcar el escenario final para una despedida alejada del ruido institucional.

La logística del adiós: entre Alzira y Xàtiva

A pesar de que el fallecimiento ocurrió en un domicilio de Alzira, la decisión familiar ha sido trasladar los actos fúnebres fuera del término municipal para garantizar la máxima reserva. Los restos mortales fueron trasladados al Tanatorio de la Costereta, en la vecina localidad de Xàtiva. Esta medida logística ha permitido que la capilla ardiente se desarrolle en un entorno más apartado, mientras las calles de Alzira recuperan poco a poco su pulso habitual tras el repentino interés informativo nacional que ha situado a la ciudad en el centro de todas las miradas.
El trasiego de vehículos y la presencia de allegados se ha desplazado hacia la capital de la Costera, dejando en Alzira únicamente el eco de una noticia histórica que ya forma parte de la cronología local. Se espera que, tras el paso por Xàtiva, el cuerpo sea trasladado definitivamente a Madrid para recibir sepultura en la intimidad familiar. Este itinerario final subraya el papel de nuestra ciudad como un lugar de tránsito y descanso, el último hogar de un hombre que decidió apagar su propia historia bajo el cielo de la Ribera.
Para Alzira, este suceso deja una huella singular en su crónica contemporánea. La ciudad no solo será recordada por su patrimonio o su fuerza económica, sino también por ser el lugar donde se cerró definitivamente el ciclo vital de uno de los protagonistas del 23-F. La normalidad con la que se ha gestionado su estancia y su posterior fallecimiento habla de la madurez de una sociedad local que ha sabido respetar el derecho a la intimidad familiar. Alzira despide así a su inquilino más inesperado, devolviendo a los libros de historia lo que la historia le prestó durante sus últimos días.
Óscar M. Saucedo

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